
relajó su brazo, movió los dedos como hacen los que donan sangre; ayudo a las enfermeras a localizar la vena indicada para que la aguja entrara sin mayores complicaciones. . Sin embargo el mordisco de la aguja no trajo el resultado que esperaban, tan solo un burdo dolor. Llegan mas enfermeras y las agujas vuelven con mas ansias. Dos, cuatro, siete veces, de pronto alguna penetra un musculo, y Romell se retuerce en la exasperación de sus nervios calcinados. Las enfermeras se miran preocupadas. Todos quieren que aquello termine de una vez, sobre todo Romell, por eso ayuda a sujetar su propio brazo, mirando a la enfermera como dándole animo. Ocho, diez, doce veces, las agujas buscan sus manos, piernas, tobillos; han llegado incluso a los huesos pero su sangre permanece ajena a la sustancia definitiva, su cuerpo, tan humanamente obstinado, se resiste a las suplicas del espíritu que allí clama por aquella paz que siempre desconoció, y que parece resumirse en aquel abismo liquido que tanto se esmeran en regalarle a su sangre. Catorce, dieciséis, dieciocho. Todos miran con pena al hombre deshecho y ensangrentado que la noche de su ejecución se quedó sin muerte, y que aún sigue esperando, solo, en la sombra alargada del infierno terrenal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario