lunes, 26 de octubre de 2009

II.Te miras en el espejo

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pequeño Adrian. ¿Pero que hay en tu cara?  Cierras los ojos y repites aquellas palabras como una letanía, como si fueran las que enseñan en el colegio para espantar al diablo. Buscas la calma en el espacio que hay entre parpadeo y parpadeo. ¿ Que pasará ahora? ¿Correrás? No, es absurdo. Ahora te quedarás ahí frente al espejo, el agua se llevará todo, los gritos incluso; el licor hará el resto, ya lo ha hecho antes.

“La piedad” decía aquel borrachín, y las palabras se retorcían en su boca ennegrecida, “es nuestra única pertenencia, nuestro alimento”, y tu empezabas a oprimir mas fuerte la botella, y aquella bolita metálica rebotaba con mas fuerza en tu cabeza. Sabías lo que  sucedería  y aún así seguías pasándole la botella a aquel despojo, asintiendo con la cabeza mientras él se tomaba un sorbo largo, cada vez mas largo y pausado, mojando su sucia barba como un niño horrendo… Y aquel recuerdo te explotó en los ojos.

La profesora saca de una bolsa de plástico algo que al principio parecía un trozo de madera amarillento y húmedo. Ella se ríe, y la levanta a la altura de tu cara. Poco a poco las formas de aquella cosa se hicieron mas claras y un aire frío se coaguló en tu pecho. <<Se llama Lucy>>, dijo paseándose por el salón, balanceando aquello con una naturalidad obscena, mientras un silencio milenario se fue apoderando de todo: trozos de lo que alguna vez fue piel, se desprendían de un brazo cercenado, de una mano muerta que se obstinaba en puño, como apretando algo que no le podría ser arrebatado, que permanecería por siempre a salvo de las cierras y los microscopios, a pesar de haber sido exhibida en un colegio de pobres, como un trozo de carroña llamado Lucy.

  El hombre-escoria seguía hablando de la piedad, levantando las manos, riendo a través de los agujeros de sus encías. La noche se fue ensanchando y abrigándolo todo en aquel parque. Ahora el viejo quería dinero para otra botella; sin embargo tu mente se deshacía en una sopa fétida, sobre la que flotaba aquel recuerdo al que se fueron sumando otros, como si fueran restos vomitados por una alcantarilla. Una mano se metía en tu bolsillo. << Malparido>>, decía el mismo viejo que antes casi llorara hablando de la piedad, << no se me haga el loco>>,decía respirando con mas dificultad,  registrando tu chaqueta como un cerdo ansioso husmea el rastro de comida. Un filo eléctrico deshizo las brumas de tu borrachera, carcomió el mundo, lo resolvió en un frenesí de verticalidad brutal;  la sangre, el viejo llorando como un perro aterrado, el brazo muerto de Angela en las manos de una mujer que se reía y lo llamaba Lucy, tus manos mas grandes que nunca, mas reales, aferrándose, horadando, hundiendo, los dientes recordando su antigua vida canina, el liquido cálido llenándolo todo, otros gritos, mi voz, y de nuevo el espejo…

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