miércoles, 21 de octubre de 2009

I.Conocí a mi madre...


Traía tierra enredada en el aire y ropa de hombre. Angela, es decir mi hermana, parecía no querer arriesgarse a comprender nada de todo aquello. Se quedó con la puerta en la mano sin atreverse a abrirla del todo. Había anhelado aquel momento con tanta furia, había rasguñando con tanta insistencia el fierro oxidado del abandono, que su espera se había transformado en una total negligencia hacia la vida, la actitud de quien a visto al diablo tantas veces que termina por renunciar a toda posibilidad de redención.
Fuimos arrinconados en aquella casa, hasta tener que sumergirnos el uno en el otro, hasta ocupar un solo espacio, donde no había cabida para nada mas (en el infierno no existen los individuos, solo la vergüenza que aleja los rostros del mundo de los vivos, que obliga a los condenados a mirarse uno al otro hasta confundirse, hasta enredarse en un solo deambular. Así, en esa especie de abrazo brutal que deshace las líneas, ruedan aquellos que un día fueron; evolucionando a tumbos hacia la paz imposible); solo nosotros y nuestras ruinas humeantes, nuestra mierda en el hueco donde antes había un retrete, nuestras cobijas acartonadas que eran como un resumen de todas las noches humanas, nuestros platos de hojalata, aquella infancia a la inversa a la que tuvimos que sobrevivir. ¿Ahora una mujer que antes fue nuestra madre pretendía lavarnos, acomodarnos? ¿Que lugar podría ocupar ella en nuestro mundo? Ella, con sus remordimientos de camino y su cabello corto, su ternura obsoleta que no podríamos digerir aunque quisiéramos, con sus promesas de cielos, con sus pistolas de agua, ¿No sospecharía que hace mucho habíamos perdido el camino que conducía a su vientre, a su seno?

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